Infancias bajo fuego: las víctimas que nadie prioriza

El anuncio de que Hamás aceptaría liberar a los rehenes israelíes y negociar bajo condiciones ha sido leído en la prensa internacional como un avance hacia una posible tregua, pero en la letra pequeña del conflicto palestino-israelí, esa diplomacia no suele traer consigo un alivio inmediato para quienes más lo necesitan: los niños y niñas atrapados en esta guerra interminable.

Mientras los titulares se concentran en movimientos estratégicos, los rostros anónimos de la infancia siguen pagando el precio más alto. Según cifras de UNICEF, más de 13 mil niños palestinos han muerto en Gaza desde que comenzó la última escalada; la Organización Mundial de la Salud añade que cerca del 90% de los menores en la Franja sufren inseguridad alimentaria grave. En Israel, aunque las cifras son distintas en magnitud, también estremecen: decenas de menores fueron tomados como rehenes en los ataques de 2023 y cientos viven con traumas asociados al miedo constante de sirenas y cohetes, a tal punto que un estudio del Ministerio de Salud israelí reveló que 1 de cada 3 niños sufre síntomas de estrés postraumático.

En los territorios palestinos, la infancia se define por la resistencia en condiciones extremas. Allí, crecer no significa elegir qué jugar en el recreo, sino sobrevivir a la falta de agua potable, a escuelas destruidas y a hospitales colapsados. Cada bombardeo no solo destruye hogares, también arranca la posibilidad de tener recuerdos felices. UNICEF ha alertado que más de 625 mil niños en Gaza no tienen acceso regular a educación, y que la mayoría presenta señales de ansiedad severa.

En ese escenario, incluso dibujar con lápices de colores se vuelve un acto de lujo; jugar al aire libre, un riesgo de vida. La infancia se interrumpe en nombre de estrategias militares y bloqueos económicos que, aunque se discutan en mesas diplomáticas, se sienten en el estómago vacío de un niño que se acuesta sin comer.

Del otro lado, los niños israelíes también aprenden desde pequeños que la vida puede cambiar en segundos. Refugiarse en sótanos, escuchar sirenas a medianoche y memorizar protocolos de seguridad se convierte en rutina. En comunidades cercanas a Gaza, asociaciones de psicólogos infantiles reportan que casi el 70% de los menores presenta miedo persistente a los ataques. Incluso cuando el peligro inmediato se disipa, el temor permanece como una sombra en sus juegos, en sus noches, en su forma de entender el mundo.

Los secuestros de menores en 2023 fueron una herida nacional profunda que puso en evidencia que, en este conflicto, ningún niño está realmente protegido. La idea de ser usado como rehén, como ficha de negociación, marca un antes y un después en la vida de cualquier familia.

Por eso, cuando se habla de liberación de rehenes o de avances en negociaciones, el debate suele quedarse en la superficie política. Lo que debería discutirse con más fuerza es cómo proteger a quienes no pueden esperar. La infancia no puede ser una moneda de cambio.

Un verdadero camino hacia la paz debería garantizar que los acuerdos contemplen no solo silencios en los frentes de batalla, sino también agua limpia, alimentos suficientes, escuelas abiertas y atención psicológica masiva. Necesitamos imaginar una tregua que permita a los niños volver a soñar, no solo a sobrevivir. Porque sin esas condiciones básicas, cualquier negociación quedará reducida a un respiro táctico, mientras la niñez continúa fracturándose bajo las ruinas.

La pregunta que debemos hacernos como observadores, periodistas y ciudadanos es incómoda pero muy necesaria: ¿qué valor tiene una victoria diplomática si los más pequeños siguen creciendo con hambre, miedo y trauma?

En este conflicto, que parece no agotarse nunca, el único consenso posible debería ser que los niños —palestinos e israelíes— tienen derecho a vivir una infancia plena, a jugar sin miedo, a aprender sin interrupciones, a dormir sin sobresaltos. Mientras ese principio no esté en el centro de cada acuerdo, cada tregua será solo un espejismo.

Recordar que las infancias no son estadísticas, sino vidas con nombre y futuro, es el mínimo gesto de humanidad que este conflicto necesita. Y es, también, el recordatorio de que una paz verdadera solo será real el día en que los niños de ambos lados puedan crecer sin que su vida dependa del sonido de una sirena o de un misil que cae.

Paula Aguilera