En Chile, la palabra “Bomberos” despierta respeto inmediato. Siendo la institución a nivel país con mayor credibilidad, por encima de partidos políticos, iglesias o fuerzas armadas. Sin embargo, esto se contradice con el sistema bomberil chileno, el cual funciona casi exclusivamente del voluntariado. Miles de hombres y mujeres arriesgan día a día sus vidas, sin sueldos, sin seguros, sin garantías sociales y muchas veces con recursos limitados.
Podemos notar que en otras naciones han profesionalizado los cuerpos de bomberos, estableciendo sueldos, garantías sociales, el modelo chileno que parece mas un acto de fe que una política pública. El estado destina recursos, si, pero de manera insuficiente y fragmentada. Las compañías deben financiarse con aportes municipales, rifas, colectas y campañas solidarias que recuerdan más a la beneficencia que a una estrategia seria de seguridad nacional. ¿Quién no ha entregado dinero a bomberos en un peaje, mientras ellos pasan horas bajo el sol, sacrificando su descanso y, en algunos casos, dejando de atender una emergencia para recolectar fondos? Esta formula que por años ha mantenido cuerpos de bomberos, basada en la buena voluntad del prójimo, debe cambiar de raíz.
El cambio climático ha puesto esta discusión en primera línea. Los megaincendios en la zona centro-sur revelaron que los bomberos chilenos trabajan en condiciones extremas, muchas veces sin equipamiento moderno ni vehículos suficientes. Lo que en otras partes del mundo es una profesión, aquí se ejerce en base al voluntariado de tu amigo, compañero de trabajo o vecino, que, tras su jornada laboral, se calza el uniforme y corren hacia la emergencia.
Algunos sostienen que un financiamiento estatal podría burocratizar a la institución, transformándola en una estructura más parecida a Carabineros o las Fuerzas Armadas, con los riesgos de corrupción que ya conocemos. Esto es un temor legítimo, la grandeza de Bomberos radica en su entrega desinteresada, en ese orgullo de salvar vidas sin pedir nada a cambio. La vocación no debe ser justificación para la precariedad. Lo que se necesita no es quitar el alma de voluntariado, dado que es mejor arma, si no darles un respaldo real, con recursos que garanticen seguridad y dignidad.
El voluntariado, en si mismo, es un beneficio para la sociedad. ¿Quién no tiene un compañero de trabajo que lleva con orgullo la insignia de bombero? Después de su extensa jornada laboral, cambia la corbata por el casco, la oficina por el cuartel, y sigue sirviendo a la comunidad. Ese doble refuerzo, admirable, debería ir acompañado de políticas públicas que protejan su salud, su seguridad y sus condiciones mínimas para actuar. Cada vez que un bombero sale a apagar un incendio, expone su vida, cada vez que lo hace sin los implementos adecuados, es el país entero que se pone en riesgo. Chile necesita avanzar a un sistema que conviene ambas partes, tanto el voluntariado con una base sólida de profesionalización y financiamiento estatal. Seguir dependiendo de rifas, colectas o peajes para sostener a quienes nos salva del fuego, no solo es una injusticia, es una irresponsabilidad nacional.
Daniel Saavedra