El fútbol chileno en 2025 ha estado más marcado por la violencia que por los logros deportivos. Las muertes de hinchas en el partido entre Colo Colo y Fortaleza, y la brutalidad vista entre fanáticos de la U de Chile y de Independiente de Avellaneda, son claro reflejo de tiempos violentos.
Por Antonio Villagra
La masacre en Gaza, la guerra en Ucrania, los asesinatos en la Araucanía, las bandas criminales extranjeras y la tortura de unos hinchas a otros transmitida por señal internacional parecen ser parte de un mismo panorama: hay sed de sangre, y el enemigo siempre es el igual, el más débil, el hermano.
Vivimos en tiempos violentos, y el fútbol no escapa a esa realidad: hoy la violencia se refleja en la cancha y en las tribunas, amenazando a uno de los espacios de comunión social más importantes de Chile y de toda Latinoamérica. El fútbol ha sido, históricamente, un lugar de encuentro para miles de familias y un fenómeno cultural que nos atraviesa a todos, en mayor o menor medida. Perder esos espacios sería sumamente peligroso, porque una sociedad sana se construye en torno a instancias de convivencia y celebración colectiva, y durante décadas eso representó el fútbol. No se puede negar que la violencia siempre estuvo presente, pero es innegable que hoy se ha desbordado.
En Chile, durante décadas el fútbol fue un refugio transgeneracional para celebrar la identidad y vivir la pasión. Según datos entregados por el gobierno en la presentación de la última modificación para Estadio Seguro, desde el 2016 al 2023 las cifras de incidentes por partido han aumentado de un 0,04 a un 0,23 ¿Qué cambió? La respuesta no es sencilla, pero aparecen algunas causas: empobrecimiento, marginación, desconfianza en las instituciones y la normalización absoluta de la violencia.
Una tentación peligrosa
La salida fácil es culpar únicamente a las barras bravas y responder con más represión. Pero eso sería tapar el sol con un dedo. Cuando el fútbol se transforma en negocio y espectáculo televisado para pocos, cuando se margina a los hinchas de la vida real de los clubes, y cuando la única narrativa que circula es la del “enemigo”, la violencia encuentra camino llano.
Lo que vimos en el Monumental o en Avellaneda no son episodios aislados: son la consecuencia de un tejido social desgarrado. Son el grito de un pueblo en donde las diferencias se resuelven a golpes y donde el otro es percibido como amenaza, nunca como un igual.
Recuperar la comunidad
El desafío que tenemos por delante no es menor. Creer que la solución pasa únicamente por llenar los estadios de carabineros o multiplicar las cámaras es simplista. Lo que está en juego es mucho más profundo: recuperar el espíritu comunitario del fútbol, devolverlo a la gente, abrir las puertas de las tribunas a las familias, a las mujeres, a las y los jóvenes que entienden este deporte como fiesta y no como batalla.
Los estadios no son territorios aparte: reflejan las mismas fracturas y dolores de una sociedad que pide con urgencia justicia, igualdad y paz.
¿Volveremos al estadio?
Hoy la pelota rueda solitaria entre rejas y gente peleando. Ante ese escenario, la pregunta se impone: ¿qué destino le espera al fútbol si lo seguimos entregando a la violencia?
Tal vez la respuesta no esté en el marcador del próximo clásico ni en el campañón internacional de algún equipo, sino en algo más esencial: la posibilidad de volver a confiar, de reconstruir comunidad y de reencontrarnos en aquello que nos une, en un país que poco a poco ha ido perdiendo esos lazos.